Roma, la Ciudad Eterna

Viaja a la ciudad eterna de Europa y descubre su historia milenaria.

Roma, la ciudad eterna y el Foro Romano

Cuando pones un pie sobre el suelo romano, algo cambia en ti. El primer paso en la ciudad eterna es grandioso, exquisito, único y momentáneo. El primer suspiro es admirativo y entusiasta, la primera ojeada maravillosa y ostentosa. Roma posee un magnetismo difícil de explicar, e imposible de entender, si no se ha visitado ninguna vez. Su carácter risueño, su estética medieval, su decoración milenaria y su cultura imperial abruman a cualquier visitante. Lo dejan pasmado ante tanta magnificencia, atónito ante tanto descumplimiento, estupefacto ante tanto acogimiento.

La ciudad eterna y su naturaleza frondosa

El colorido cálido de sus fachadas ocre y mostaza, salmón y naranja, te envuelven en un saludo hospitalario y familiar, en un estrechamiento de manos cordial e inusual. Su naturaleza frondosa, de verdes esmeraldas, plateados verdosos y amarillos anaranjados te deslumbra, te embriaga con su fragancia floral, y embelesa la ciudad con serenidad y tranquilidad, con frescura y soltura. 

 Sus callejuelas estrechas se ciernen sobre tu ser para descubrirte y comprenderte, guiarte y perderte. Si dejas que tus pasos sigan el incierto camino de sus pasadizos, conectas con una energía nueva, fresca, histórica y majestuosa. Te abandonas a la calma suave y reconfortante de una ciudad eterna, impasible e indolente al paso de los años, nueva y resplandeciente en su despliegue impermanente.

La ciudad eterna y el Coliseo Romano

Su estructura histórica de museos al aire libre embalsama el aire de cultura y antigüedad, de pasado y presente, de belleza y temeridad. Su fusión ecléctica de épocas y civilizaciones, de artes y esculturas, de emperadores y servidores, la convierte en la ciudad eterna del mundo conocido. En el centro histórico y arquitectónico de Europa. En la metrópoli mágica y secreta del Mediterráneo. 

Roma, la Ciudad Eterna y sus fachadas ocre

Sus paredes cubiertas de plantas trepadoras, y sus áticos decorados con guirnaldas de flores, exhalan misterio por todos sus pétalos. Adornan, con poesía, los hogares de sus habitantes, embelesan, con romanticismo, los lugares de sus amantes. 

Porque la ciudad eterna y su ciudadano rimbombante se aman de un amor incondicional, de un afecto inusual. Unidos por un poder insondable, forman un todo, único e inseparable, unido e impermeable. Sus ganas de vivir, de forma intensa y apasionada, se inmiscuyen por los poros de su nuevo visitante, navegan por las venas de su efímero paseante, se apoderan del corazón de su fiel contrincante.

Deambular por las arterias de Roma es como caminar por historia y cultura a mansalva, por felicidad y sufrimiento en abundancia. Por éxitos y derrotas inesperados, por majestuosidad y podredumbre insospechadas. Es como pasear por la historia humana, con sus más y sus menos, sus placeres y dolores, sus bienes y sus males, sus bonanzas y carencias. 

La naturaleza de la Ciudad Eterna, Roma

Cuando caminas por la ciudad eterna te enfrentas a la vida misma. Única y real, incierta y cambiante, antigua y nueva, estrecha y amplia, nublada y soleada, maléfica y benigna, asesina y procreadora, vívida y muerta. Entiendes que la vida no es más que el ahora, y que la eternidad solo se palpa en el presente.  

Deja un comentario