El alba y su clara oscura intimidad

El alba: su belleza misteriosa y desnuda intimidad.

el alba en el mar

El alba representa un sueño que pocos logran apreciar, y muchos, simplemente, no consiguen presenciar. Requiere disciplina y sacrificio; deseo y voluntad.

Presente en la vida de los más madrugadores trabajadores, compañera en las pesquisas de los más trasnochadores jóvenes.

Con sus primeros atisbos de luz, diluye, poco a poco, la oscuridad densa de la noche. Desdibuja los contornos, condensa las formas.

Pinta el cielo de múltiples colores. Un cielo rosado, con un horizonte anaranjado y efímeras nubes de algodón, que se adueña, poco a poco, de la adormecida bóveda celeste.

Saluda con amor y cariño a sus discípulos, despide con discreción y compasión a sus fugitivos.

El alba irradia la vida con su naturaleza silenciosa, equilibra la existencia con su templanza cautelosa. Ofrece calles vacías, abraza luces despavoridas.

Reencarna la comunión armoniosa entre el día y la noche, la luz y la oscuridad. Representa, en el estado más puro y evidente, más primitivo y permanente, la impermanencia de la vida; el flujo continuo de la existencia, el cambio cíclico de la naturaleza.

Es un momento íntimo y quieto; pacífico y sosegado. Es el momento oportuno para dar la bienvenida a un nuevo día, entrando en perfecta comunión con los placeres sencillos de la vida.

el alba sobre el mar

Con el caleidoscopio colorido del cielo; la serenidad sosegada de la tierra; la frescura clara del aire; el dulce trineo del ave.

Simboliza la vida, pero también la muerte; la luz y la oscuridad; el nacimiento y la aniquilación; lo nuevo y lo antiguo. Reúne las verdades más esenciales, y las refleja en sus afables destellos solares. Los más intrépidos exploradores atisban su milagrosa existencia; los más curiosos investigadores veneran su cautelosa impermanencia.

El alba es un momento de comunión con la vida, de compromiso con el universo. Cada vez que surge de las tinieblas de la noche, ofrece, generosamente, su paz y solemnidad; su silencio y bienestar; su esplendor y serenidad. Aparece sonriente, sin quejas, ni a regañadientes, libre de ser lo que la naturaleza, en su día, le encomendó: la bella y sagrada responsabilidad de cumplir con la transición entre la noche y el día, el sueño y el despertar. De reflejar la tierna y compasiva iluminación, que aguarda en nuestro interior.

Muchos dicen que “a quién madruga Dios le ayuda”. Yo diría que “a quién madruga la vida le abruma”.

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